MAS ALLÁ DE LA EMERGENCIA: alimentarnos bien cuidando la vida

Por Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria FAUBA

Finalmente el Parlamento aprobó una Ley de Emergencia Alimentaria, como se reclamaba. Sin embargo, no estamos ante un nuevo fenómeno, sino ante una situación permanente, que explota cada tanto. La Soberanía Alimentaria ayuda a comprender causas y responsabilidades acerca de los 800 millones de hambrientos y 2.400 millones de malnutridos, en un mundo en que para muchos el alimento más que un derecho es una mercancía; algo parecido sucede en Argentina, también sobran alimentos, aunque haya mucho por hacer para mejorar su calidad y que lleguen a todos.

El contexto internacional

En 2008 reconocimos una inédita situación en la historia del sistema capitalista, la superposición de cuatro crisis, que impactaban en el crecimiento de las naciones y en la vida de las sociedades: la económico-financiera, energética, alimentaria y la catastrófica climática global, unidas por complejas interacciones. A las mismas se suma luego la crisis del trabajo generada por la cuarta Revolución Industrial; nuevas tecnologías, inteligencia artificial y robotización, generadoras de más concentración y desigualdad, menos trabajo y más población descartable. La crisis civilizatoria que estamos viviendo se intensifica día a día y cuestiona severamente el modelo de progreso que estamos transitando.

El contexto nacional

El hambre y la desnutrición estuvieron siempre presentes entre la población argentina, aunque duela reconocerlo. Lo describe Bialet-Mase a principios del siglo XX al analizar la situación de los obreros en el granero del mundo. Lo pinta Berni, en la Década infame. Lo plantea Perón, al promulgar la Constitución de 1949 y Alfonsin (1983) creando el “Programa Alimentario Nacional” para atender otra de las terribles consecuencias de la dictadura militar. En 2001-2003, desocupación, pobres y hambre, atendida con “soja solidaria” del agronegocio en algunos casos.

En 2019, desocupación-subocupación, discriminación de las familias rurales con o sin tierra, y un 35 % de pobres, entre los que se encuentran más del 50 % de nuestros pibes, con dificultades para acceder a la alimentación básica. Ninguna casualidad, sino la predecible consecuencia de políticas que incrementan la desigualdad y la exclusión, golpean a los que menos tienen y dañan intelectual y físicamente, sobre todo, a los niños y jóvenes.

Alimentación y nutrición 2019

La carencia de alimentos se manifiesta de muchas formas, como lo muestra el Indicador Barrial de Situación Nutricional del Movimiento Barrios de Pie, que mide la situación nutricional y el acceso al alimento de niñas, niños y adolescentes que asisten a sus comedores. El estudio (abril-mayo 2019) sobre un total de 25.213 niñxs que concurren a comedores y merenderos del AMBA, arroja concluyentes resultados. El 42,8 % tiene algún tipo de malnutrición: 2,4 % con bajo peso, 21,9 % y 18,5 % con sobrepeso y obesidad, respectivamente. “La malnutrición afecta sobre todo a lxs más pequeñxs, dado que que lxs menores de 10 años los problemas alimentarios afectan entre el 42,3 % -entre 2 y 6 años- y el 44,5 % entre 6 y 10 año”. El 28,9 % de los lactantes (0 a 2 años) también posee malnutrición, encontrándose exceso de peso en el 25,1 % de ellos.

La carencia de alimentos o la malnutrición no es coyuntural, de algún bolsón de pobreza o de algún territorio, como lo demuestra la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud (2019) al señalar que el aumento de obesidad en los niños y adolescentes es la forma más frecuente de malnutrición en Argentina, tendencia que se transforma en un creciente problema de salud pública desde hace tres décadas. En la actualidad:

  • entre los menores de 5-17 años el 20,7% tiene sobrepeso y el 20,4% padece obesidad. Lo mismo sucede con los adultos: 34% manifiesta sobrepeso y otro 34, % es obeso, entre 0-5 años el exceso de peso alcanza al 13,6 % de esa población;
  • el consumo de “alimentos no recomendados” es altísimo: el 37% toma bebidas azucaradas diariamente, el 17% come productos de pastelería y galletitas dulces, el 36% consume golosinas, al menos dos veces por se mana y un 15 % productos de copetín o snacks. El consumo de Objetos Comestibles No Identificcados (OCNIS) con altos niveles de azúcar, grasa o sal es alarmante entre niños y adolescentes, quienes ingieren un 40 % más de bebidas azucaradas que los adultos, el doble de productos de pastelería, galletitas dulces y productos de copetín y el triple de golosinas;
  • apenas un tercio de la población consume, al menos una vez por día, frutas y verduras. Sólo 4 de cada 10 personas consumen lácteos diariamente;

Es gravísimo y preocupante un dato referido a los lactantes: del 96,9 % de los bebés que iniciaron la lactancia materna al nacer, sólo el 43,7 % de las madres dijeron haberla mantenido hasta los seis meses, como recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Más allá de esta emergencia

Esta emergencia alimentaria es parte de una crisis que va más allá de lo económico y lo alimentario; por eso no se acaba con una Ley, “parches” o medidas aisladas de alivio a la situación de niñxs, pobres o hambrientos. La pobreza y el hambre no tienen que ver con falta de alimentos, recursos, capacidades, catástrofes o castigos divinos, sino con políticas que evidencian el grado de degradación humana, ética y social alcanzado por nuestra sociedad.

Urge reflexionar y actuar sobre modelos de producción y consumo y hábitos –personales, familiares y sociales- que imponen las corporaciones que manejan el Sistema Agroalimentario. No podemos dejar de considerar al respecto el conjunto de propuestas surgidas del 1° Foro Nacional Por un Programa Agrario Soberano y Popular, cuyo faro y guía estuvieron dados por la Soberanía Alimentaria,  por la tierra como territorio y hábitat y por la construcción de un modelo productivo no extractivista. La función social de la tierra, el agua, los bosques y la biodiversidad deben ser contemplados a través de una rigurosa legislación y adecuada dotación de recursos.

Hay mucho por hacer y, si nos escucháramos no tardaríamos en definir prioridades y compartir numerosas tareas, que van más allá de algunos enunciados: la protección de niños y jóvenes; la educación para la vida, incluyendo el etiquetado frontal y el control de la publicidad de los alimento; la salud y la educación como derechos básicos; la promoción de la producción y consumo de alimentos saludables, y a precio justo, al alcance de todos; el apoyo de la economía social, solidaria y popular; el trabajo digno y el cuidado del ambiente, son parte fundamental de lo que debemos hacer juntos

Sabemos qué tenemos que hacer para alcanzar pobreza cero, hambre cero y la sustentabilidad económica, social, ambiental, cultural, política y ética de nuestra sociedad.

Fuente: Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria FAUBA

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